domingo, 13 de noviembre de 2016

Me niego a pagar un taxi

Cuando llega la ocasión de elegir entre pagar un taxi, tomar un microbús o un camión, generalmente decido no pagar nada y comienzo a caminar.

Lo mismo pasa cuando el estómago comienza a gritarme que tiene hambre, «¡Hey, tú, quiero comer!», dice mientras me hace mirar con apetito los puestos de comida ambulantes. Pero me niego a complacerlo y sigo caminando, resguardando fielmente mi dinero entre las manos.

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«¿Por qué diablos te comportas así?», algunas personas me dicen y ríen, como si fuera una gracia.

Cada vez que suceden casos como los mencionados, cada vez que llega el momento entre decidir complacer o no a mi cuerpo, viene a mi mente Ana Karenina, y entonces decido disciplinarme a mí mismo y sobre todo a mi cuerpo que no deja de pedir y pedir. Ana Karenina, ustedes saben, es una obra bastante reconocida. He leído esta obra recientemente y en ella aparece una idea que, sin saberlo, he profesado toda la vida, pero que al leerla tomó forma por vez primera en mi cabeza: ¿la satisfacción que obtengo al comprar algo es tan grande como el esfuerzo que sufrí para ganar el dinero con el que pienso pagarlo?

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La mayoría de las veces respondo negativamente tal pregunta, y por eso casi nunca me ven comprando nada. No pago taxis, no compro dulces, no como en la calle..., no nada, y por ello camino mucho y decido apretar mi estómago y pasarla mal. El dinero cuesta mucho ganarlo, y no me refiero sólo el sudor y la fatiga propios de las labores por las cuales me pagan, sino al trato con los compañeros que aborrezco y a los que tengo que verles la cara todos los días; me refiero al trato con la empresa que nunca paga horas extra, a levantarme temprano y cumplir con esta necesidad. Repito, el dinero cuesta mucho ganarlo como para tirarlo a la basura por un vaso de agua y una comida que no necesito porque no estoy muriendo, porque no estoy muriendo de sed, porque no estoy muriendo de hambre.

Considero que gastar el dinero así (comprando cosas en la calle) es muestra de una vanidad terrible que sólo vuelve flojas a las personas. Flojas porque pagan para no caminar, y serviles porque se subyugan a los apetitos de su cuerpo al que nunca obligan a moverse. ¿En qué clase de persona te has convertido tú, o a tus hijos con tu ejemplo, dando de comer a tu cuerpo en cuanto éste muestra la menor fatiga o pagando un taxi para evitar que tus piernas te lleven, como si fueras un príncipe o una reina vanidosa, floja y pedante?

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Veámoslo por otro lado. Pienso que pagar $8 por 250 ml de agua es una auténtica locura. Con el mismo dinero podemos obtener 2 m3 de agua potable en casa, ¡2 m3! Demonios, ¿no podemos esperar a llegar a casa y beber toda el agua que queramos como los hipopótamos que somos, hasta reventar, sin tirar el dinero? De acuerdo, tenemos sed. Si sabemos que posiblemente tendremos sed fuera de casa, ¿por qué no cargar una cantimplora?

Nunca me he considerado un hombre avaro, sino ahorrador. Suelto el dinero cuando hay necesidad, NE-CE-SI-DAD. De otra forma, me niego por las razones antedichas. Si ustedes, lectores, y con esto finalizo, justifican sus compras vanas afirmando que para eso está el dinero, bien, pero con ello no logran más que mantener un cuerpo y una mente flojos e indisciplinados.

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