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domingo, 28 de mayo de 2017

La versión humana de las ratas

Desde hace tiempo que en las calles de la nación americana circula uno que otro billete con la leyenda: Mexicans, the human version of rats; es decir, Mexicanos, la versión humana de las ratas.

En un post anterior escribí sobre la idea de que la razón de fondo de una gran parte del racismo estadounidense contra los mexicanos, era esencialmente estética. No voy a abundar más sobre ello. Pero esta leyenda sobre los billetes verdes me hace pensar en otra cosa que comparto a continuación.

Crestomatía: http://cdn.proceso.com.mx/media/2016/12/CzHPvyYWQAEpUc6-c.jpg

Sólo quien vive en determinada comunidad y convive entre su gente puede hablar de ella con tanta razón como si hablara de sus propias manos. Por desgracia me toca hablar a mí, que no tengo un espíritu especialmente sociable, y menos aún tolerante con las cosas que me parecen estar mal.

Los mexicanos forman un pueblo abierto, complaciente con la convivencia, pasional y sin duda alegre..., no voy a negar eso. El mexicano pertenece a un pueblo que cuando quiere incluso pasa por hospitalario. Esto es su lado bueno. Pero una vez escuché una máxima que desde entonces no puedo dejarla de aplicar cuando hablo de la gente de mi país: la gente es buena hasta que la conoces.

Crestomatía: http://pezbanana.net/wp-content/uploads/2017/03/ratas.jpg

Si no eres un afortunado que puede pagarse una casa en una zona privilegiada en la CDMX, tendrás que conformarte con un lugar en un barrio común e incluso en un arrabal. Una vez instalado no tardarías en ver cómo la gente no respeta la entrada de tu casa obligándote a poner botes de cemento para evitar que se estacionen en ella; en vigilar noche y día esperando encontrar a la persona que tira bolsas de basura en tu puerta; en encontrarte a los varilleros desgraciados que te rompen los tímpanos con la música que intentan vender dentro del Metro; en hacer bilis cada vez que tienes que subir a un microbús porque el conductor es la persona más vulgar que pudieras haberte encontrado en todo el día; en hacer aún más bilis cuando después de entrar al microbús, te sientas justo al lado de la persona que tira su basura por la ventana; en enterarte todas las mañanas en el noticiario de Carmen Aristegui de un nuevo desfalco a las arcas públicas de parte de este y este otro servidor público; en escuchar que asesinaron a la hija de una persona en el norte del país y en oír la semana entrante que mataron a la madre de esa hija porque decidió levantar la voz; en..., no digo más.

Crestomatía: http://enteratecardel.com.mx/wp-content/uploads/2015/03/rata-640x360.jpg

Sólo puedo, aunque no por las mismas razones, coincidir con aquellos gringos que sellan los billetes verdes denostando a los mexicanos como ratas. De modo que si no todos los mexicanos somos unas bestias, muchos de nosotros, un montón, sí lo somos, pero más mezquinos y sucios, faltos de honor, vergüenza y respeto por los demás.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Disertaciones sobre los "pelados" de barrio

Si alguna vez han vivido en alguna colonia de clase baja, habrán advertido que muchos de los vecinos no cambian nunca. Siguen siendo los mismos que cuando niños, ahora a los 30, 40 ó más años.

En esas personas no se advierten cambios importantes de lenguaje o en relación a los gustos musicales o a las amistades, y desde luego a la educación. Por tanto, para muchos de ellos, a los 16 años (por poner un número) la evolución paró. Dejaron de adquirir vocabulario nuevo, y su vida comenzó a andar como sobre un riel de tren, tan recto y monótono como fuera posible.

Crestomatía. https://i2.ytimg.com/vi/QmDIvpNMRk0/0.jpg

Tales personas no adquirieron el gusto por otros deportes más que el que conocieron cuando niños (como el futbol mexicano). Lo mismo puede decirse de la música: su gusto quedó encerrado en el ámbito de lo vulgar. Otros más, los peores, siguieron bebiendo alcohol como cuando jóvenes y juntándose en pandillas de barrio, y después de 10 ó 15 años se les sigue viendo ansiosos por las fiestas y las reuniones sociales, igual, igualito que cuando eran adolescentes.

Crestomatía. https://i.ytimg.com/vi/C7iSf45DKwA/hqdefault.jpg

El tiempo, solo, no cambia a nadie. El tiempo necesita de otros elementos para modificar a las personas. Como no puedo hablar de nadie con seguridad más que de mí mismo, anotaré una experiencia propia muy simple. Durante los primeros semestres de la Universidad no leía otra cosa que a los griegos. Sócrates y Platón me hablaban todo el tiempo de lo bueno, del bien, tanto, que sin darme cuenta llegó el momento en que yo mismo pensaba así. A partir de ahí se metió en mi cabeza la idea de que yo tenía que ser un vigilante del bien y de la forma correcta de obrar, si no en los otros, al menos sí en mi propia persona. Desde entonces, y por poner un ejemplo cualquiera, si acaso llegaba a toparme con un letrero de no pase o algo semejante, caminaba tres kilómetros y medio o más si era preciso con tal de obedecer la regla y no pasar por donde se me indicaba que no lo hiciera. En ese entonces (y aún hoy) entendía que las reglas están ahí por algo, para hacernos la vida más fácil a todos, y quebrantarlas nos lleva al caos, al desorden.

Crestomatía. http://maithe-conacentoenlae.blogspot.mx/2011/06/por-la-derecha-por-favor.html

No preocuparse por la educación propia y de los hijos culmina en eso, en una parálisis del desarrollo y progreso de la persona. Por eso vemos a los pelados del barrio ser eso toda la vida (discúlpenme por favor por usar palabras clasistas..., no soy clasista, pero sí un tipo algo animoso).

Reitero, el tiempo solo no cambia a nadie. Es el ambiente culto más el tiempo aquello que cambia a las personas. Si leemos constantemente existen altas probabilidades de que las ideas recuperadas germinen en nuestra cabeza, y con el tiempo enraicen lo suficiente para modificar nuestra conducta. Sin eso, sin libros principalmente, estamos perdidos. Sin libros no dejamos de ser lo que somos por nacimiento, animales que saben hablar.
Mucho importa a quiénes oye cada quien todos los días en casa, con quiénes habla desde niño, cómo hablan los padres, los pedagogos, también las madres.
Esta frase lapidaria de Bruto (un orador romano) es la clave. En resumen, y con esto finalizo, hay que hacer lo posible porque nuestros hijos se críen en ambientes lo menos vulgares posibles (nosotros como padres debemos limitar nuestra vulgaridad al mínimo frente a nuestros hijos mientras éstos son aún pequeños). De otra forma, criaremos a nuestros hijos como perdices, patos o perros que sólo gracias a la bondad de Dios aprenderán a hablar.

domingo, 9 de octubre de 2016

Las razones mezquinas del racismo

Entiendo que el origen de la xenofobia y racismo contra los mexicanos en Estados Unidos no tiene ninguna relación con temas de seguridad o cuestiones económicas, sino con la incongruencia entre los valores estéticos de unos y otros.

Como todo mundo dice, México es muchos Méxicos. No todos los mexicanos somos iguales, y en cuestiones estéticas, también. Muchos tenemos rasgos faciales cuasi caucásicos, que son los mexicanos que admiten en castings de televisión para comerciales de refrescos que extrañamente se ostentan como muy mexicanos. Otros tienen rasgos latinos pero estilo portugués o español, y muchos otros tienen rasgos bastante rudos y toscos, más bien indígena.

La figura mexicana a la que tiene acceso el pueblo estadounidense, que son las personas que cruzan la frontera arrastrándose entre las piedras como animales, no son nunca los que tienen rasgos cuasi europeos. Son las personas que tienen rasgos faciales rudos, indumentarias baratas y de mal gusto. La figura mexicana a la que tienen acceso los estadounidenses dista en mucho de asemejarse y menos aún confundirse con la figura caucásica o europea.

(Crestomatía. Imagen obtenida de http://www.animalpolitico.com/2014/08/scjn-desecha-solicitud-para-pronunciarse-sobre-detenciones-de-migrantes-en-mexico)

Los emigrantes irlandeses que llegaron a Estados Unidos en el siglo XIX eran europeos, blancos. Si bien también sufrieron racismo, no les llevó mucho tiempo ser asimilados por el pueblo estadounidense. A principios del siglo XX los irlandeses ya se habían asimilado exitosamente. Es decir, les tomó cosa de un siglo. Con los afroamericanos y asiáticos la cosa ha sido distinta, y no se diga con los mexicanos.

¿Por qué los irlandeses se asimilaron tan rápido, no así los afroamericanos y mexicanos? Tengo la impresión que su apariencia física permitió perfectamente esa asimilación. Es decir, los irlandeses podían ser abarcados por la mente del estadounidense caucásico. En un palabra, porque el estadounidense podía comprenderlos estéticamente. El mexicano, así, resulta incomprensible. El mexicano resulta un auténtico otro, un extraño que incluso atenta contra los valores estéticos estadounidenses con sus ropajes de vagabundo, sus rostros que asemejan a los simios y que parecen no servir para otra cosa que ejercer labores de limpieza, del campo o de restaurante.

Si acaso hay algo de razón en esto que ponemos en la mesa para una charla de café, ¿tal cosa nos parece horrible, detestable? No, no nos parece. Y los que digan que sí, probablemente lo digan sólo de dientes para fuera. ¿Cuántas veces no se ha visto a los propios mexicanos (por ejemplo a los de la CDMX) acosar con una mirada intrusiva y morbosa, a una muchacha indígena dentro de un centro comercial, digamos ubicado en La Condesa o Polanco?

Entonces, ante la pregunta, ¿por qué la figura mexicana es objeto de racismo por cierto grupo de estadounidenses? La respuesta es, en parte, por las mismas razones de por qué son racistas los mexicanos contra otros mexicanos que no comparten sus mismos valores estéticos.

Si una chica indígena oaxaqueña llega a la CDMX y se le ocurre entrar a una tienda de moda o a un centro comercial en Polanco, vistiendo ropa económica y acaso de mal gusto, pero principalmente portando esos rasgos faciales que distinguen a la gente indígena, va a ser observada y tratada con desprecio por una parte de los circunstantes, incluso por los mismos empleados que acaso tengan como mayor mérito en la vida haber ingresado como asalariado en ese centro comercial.

Ante lo cual es lícito preguntar: ¿por qué esos empleados, humildes dependientes de una plaza comercial, se atreven a expresar una conducta racista contra una pobre chica indígena oaxaqueña?

Si el dependiente fuera honesto, nos diría: Si la discrimino no es porque yo tenga más nada que ella, o porque sea mejor que ella, sino porque no se parece a mí, porque no se viste como yo, porque es fea como un animal.