domingo, 5 de marzo de 2017

Todas las cosas existen en mi mente

¿Alguna vez han pensado en que, quizá, las cosas que ven no existen fuera de su cabeza, digamos, por ejemplo, como si todo fuera un sueño? Cuando soñamos todo lo que vemos, todo, está dentro de nuestra cabeza y ni remotamente, ya despiertos, pensamos que tales cosas existieran fuera de nuestra mente.

Les pregunto nuevamente, ¿les ha pasado por la cabeza alguna vez la idea de que, estando despiertos, todo aquello con lo que se encuentran no es otra cosa que su propio pensamiento, parte de ustedes?

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Si se lo han preguntado temo decirles que no son tan originales como pensaban. Ese tema fue largamente tratado en una época del pensamiento humano: la modernidad filosófica, y de esto ya pasó un buen rato.

Ser es ser percibido, decía George Berkeley (el verdadero, no yo). Con ello él quería decir que las cosas tales como las sillas y los árboles no podían existir solas o por sí mismas, sino que para existir debían ser pensadas.

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Esto que les cuento ahora a mí me tomó bastante tiempo entenderlo, como quince lecturas completas de Los principios del conocimiento humano de Berkeley; pero una vez que lo hice, una vez que encontré el sentido de esa expresión (ser es ser percibido), ¡pum!, fue como si un rayo me hubiera caído en la cabezota, obligándome desde entonces a dejar de ser tan tonto a la hora de emitir juicios sobre la verdad de las cosas de nuestro mundo.

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La teoría sobre que una cosa sensible como un árbol existe sólo en cuanto es percibida, sin duda que resulta increíble y harto extravagante. Lo es, efectivamente, y cuando Berkeley la echó al mundo para el conocimiento de todos, recibió más burlas que el más tonto de los seres humanos. Pero si dejamos las mofas para más tarde, e independientemente de los objetivos que Berkeley persiguiera al contarnos su magnífica teoría, debemos otorgar a Berkeley la razón. No hay de otra, no hay posibilidad de error, él tenía razón, la tenía: todo lo que vemos y tocamos a través de nuestros sentidos son puras y francas ideas, es decir, son pensamientos y por ello sólo existen en la mente.

Si entendemos que la mente, nuestra mente, trabaja sólo con ideas (porque por ejemplo no es el árbol mismo el que está en la mente, sino su idea), todo aquello que tocamos, es decir, percibimos, debe ser a su vez una idea, de lo contrario no podríamos percibirla. Reiteremos esto porque es fundamental, lo único que la mente puede percibir son ideas, o sea, percepciones. Por tanto, el árbol, la mesa y todas esas cosas sensibles que amueblan nuestras vidas, deben ser ideas; y en cuanto son tales, nosotros somos capaces de percibirlas. Ergo, ¿dónde están las cosas materiales que antes suponíamos existentes fuera de nuestra mente?

Si somos razonables, diremos: «Pues ahora no estoy muy seguro, voy a reflexionar esto». Pero si en verdad somos personas razonables, el tiempo que nos tomará reflexionar tal cosa se contabilizará en años.

2 comentarios:

  1. Hay un cuadro de René Magritte que me parece que está muy relacionado con este tema. En el cuadro aparece el dibujo de una pipa de tabaco y la frase "Esto no es una pipa" Para representar que eso solo es el dibujo de la idea que tenemos de una realidad. Personalmente yo opino que para que alguien nos perciba debemos de existir y que para existir alguien nos debe de percibir; con lo cual se convierte en un círculo vicioso infinito.

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    1. Ana, celebro tu pensamiento. No conocía esa pintura que mencionas. La busqué y veo que es una obra bastante compleja de entender. Quiero rescatar tu idea: "para que alguien nos perciba debemos de existir y que para existir alguien nos debe de percibir". Esto es justo también lo que piensa Berkeley en su filosofía. ¿Cuál es la mente que te percibe a ti y a mí para que nosotros existamos (y no sólo nosotros sino el mundo entero en su conjunto)? Evidentemente,Dios.

      Esto es un tema exquisito y complejo. En lo personal, no pienso que haya una mente que sostenga al mundo (y nosotros en él). Pero sí pienso que tal idea es exquisita.

      Saludos, Ana!

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